Equipadores compulsivos*
Instalar bolts en fisuras nunca había sido un tema delicado, una opción del aperturista ni nada sobre lo que debatir. Las fisuras no se equipan, o no se equipaban, porque hace poco se proponía —en las redes— una especie de referéndum al respecto: equipar las de una escuela concreta para que la gente las repitiera, bajo pretexto de mantenerlas limpias. En otro contenido reciente, ahora en Cuenca, otro escalador se grababa equipando una vía y explicando cómo iba a sikar algunos de sus agarres, rematando con una desafiante apelación a su propia soberanía. El denominador común de ambos casos es un doble afán. Por una parte, generar comentarios e interacciones para adquirir notoriedad; por otra, justificar la compulsión equipadora, que se vale y se valdrá de cualquier excusa con tal de no verse comprometida.
Las polémicas, además, sirven para poner el termómetro; la relación entre detractores y agradecidos, como se dice en uno de esos contenidos. Aparte del baño de aprobación que esperan de los segundos, los equipadores compulsivos quieren asegurarse de que no encontrarán una gran oposición a sus propuestas. En el primer caso, se constató suficiente malestar como para que la iniciativa no prosperara. En el segundo, que es bastante diferente, se impuso el cliché de la abnegación de quienes equipan vías. Como quiera que sea, ambos demuestran que hemos entrado de lleno en la era de la escalada de consumo, donde gran número de practicantes ni siquiera tiene conciencia de que existan éticas; de que hayan existido alguna vez. Si acaso, se va dando por hecho que todo ha de adaptarse al escalador-consumidor, para que no tenga que cargar con material flotante si va a una escuela deportiva, para que no se las vea con los rigores de las vías ochenteras, para que el parque de atracciones cuente con todas las comodidades.
Digamos la verdad sobre algunos mitos. Los equipadores compulsivos no cambian pañales a ancianos. No están haciendo ningún esfuerzo loable y desinteresado hacia ningún colectivo. Simplemente les gusta taladrar y casi siempre figurar, y esto implica desde reequipar lo que no precisaba en absoluto de un reequipamiento, hasta fusilar paños con una plantilla que disimule, precariamente, que prácticamente no queda espacio entre líneas. Y digamos más verdades del barquero: solo una acusada mediocridad intelectual puede secundar un «no chapes si no quieres», validar argumentos como el de que no todo el mundo puede permitirse friends, o que es el equipador, en sus ímprobas aportaciones a ese colectivo, quien decide. Alguien me habló una vez de ciertos Escaladores de la noche que retiran ferralla, que hasta recurren a finos trabajos de restauración estética cuando intervienen, así que, supongo que ellos también deciden, o decidirían si realmente existieran.
No es fácil dilucidar si la práctica masiva impone una mentalidad industrial y maximalista, o si son los equipadores compulsivos —que son bastantes— quienes lo hacen; posiblemente sea un bucle de retroalimentación, que, frecuentemente, causa todo tipo de estragos: cepillado de grandes extensiones de musgo, congestión de sectores e incremento de las restricciones. Todo a cambio de un séquito de aduladores, de la publicación de la enésima guía y —en los casos más acusados— de una especie de mesianismo delirante. Y no hay mucho más que añadir, más allá de que ningún héroe ni heroína necesitó nunca de la validación de nadie, que las cosas grandes y nobles no se sobreexponen, y que el afán por hacerse notar a cualquier precio, en casi todas las ocasiones, suele aparejar una flagrante falta de creatividad.
